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Fundación Lisón-Donald
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Barcelona. Anthropos Editorial, 2013.
MODO HISTÓRICO CULTURAL. ANATOMÍA DE EUROPA. P. (323-)

II

He indicado ya al principio que al pensar Europa nos vemos sumergidos en el núcleo duro de un rimero de aporías y paradojas; el concepto de identidad europea que surge con fuerza en la reunión de Copenhague de 173 añade una más al conjunto selectivo porque identidad genera una cadena semiótica de interpretaciones a distintos niveles y funciones: la identidad personal no es la primaria local, ni ésta la regional o la estatal y menos la europea; hay tantas identidades como categorías lógicas imaginemos. Pero hay algo más radical: en cuanto constituida inicialmente por raíces, tradiciones, memoria, representaciones, iconos, imágenes, valores, emoción y pasión requiere participación y ésta depende de personas, ideas y grados; sus modos de ser y operar son loco-tempo sensibles, heteromórficos y heteronomicos. El auge de lo local, el regreso al pasado, el pluralismo cultural imperante, el culto al individuo y su emancipación que erosionan las identidades colectivas, la indoctrinación política partidista, las instituciones supranacionales e ideologías globales actúan como vectores dinámicos, pero en, y conformando simultáneamente un campo de fuerzas contradictorias. Contextos, circunstancias y referencias degradan su espacio semántico regido por múltiples y opuestos códigos; hay que precisar en cada momento qué identidad dramatizamos porque este concepto tradicional lleva implícito el virus de la división. Y como sin valores, emoción y pasión no se puede construir realmente la identidad cultural europea, el concepto tiene que ser desambiguado para que cumpla la función sugerida y deseada en Copenhague hace treinta años. Partiendo del hecho básico de que la identidad no constituye un todo monolítico ni homogéneo es tarea política dinamizar el concepto dialogizando sus múltiples estratos y significados, incluidos los negativos, flexibilizando y ampliando sus contenidos y negociar la posibilidad de simultanear niveles y grados. Identidad es un concepto a seducir.

Algo similar sucede con el semema cultura; su espesor semántico es tan excesivo y ambiguo que requiere precisar los semas pertinentes y en operación y narcotizar, en cada caso, la letanía de inactivos. Se pueden encontrar en internet más de cinco millones de páginas relacionadas con la palabra y más de dieciséis mil si se restringe su uso en Antropología y Etnografía. Los títulos de libros en los que aparece superan los veinte mil1. Esta categoría sumamente compleja ha subsumido en su excesivo arco de referencia desde su perfil originario antiracial hasta el Volksgeist de la limpieza étnica. El concepto, radicado en el comportamiento social y justificado en las ideas y sentimientos de los miembros de un grupo, viene regido por epistemes distintas que van desde el modo cultural material, pasando por la socialidad, hasta las producciones mítico-metafísicas del espirit creador humano. De este amplio espacio semántico quiero resaltar por su pertinencia primero, a la categoría adaptación-enculturación que describe a l cultura no como algoritmo sino como concepto dinámico siempre emergente y cambiante, aunque a ritmo variable, en proceso de institucionalización, o sea, la cultura en su necesaria vertiente circunstancial, reformuladora y negociadora o, en otras palabras, el modelo de conducta que ha permitido al hombre sobrevivir en cualquier nicho ecológico desde su aparición. Otra formulación categorial a retener es la cultura en cuanto universo de ideas, significados, discursos y símbolos y como canon de valores y creencias que configuran la Weltanschauung de un grupo pero que, ineludiblemente, hibridiza en contacto con otros.
En primer esquema cognitivo evidencia que ni el concepto ni la práctica son estáticos, que nunca lo han sido ni lo han podido ser; sugiere, al contrario, que podemos visualizar la cultura como un ininterrumpido proyecto con miras al futuro, como un telox que adopta contenidos, formas y valores no solo por dinamicidad endógena sino por contacto externo. Esta restructuración pluridimensional reclama y precisa reflexión por parte de los intelectuales y de los portadores de la misma, visión de finalidad, razón modernizadora y, en la construcción de Europa, política racional. La interconexión y transferencia de significado que se opera en la aculturación nos lleva al segundo tipo cognitivo en el que predominan las narrativas emotivo-valorativas internas pero que pueden ampliarse y orientarse a valores morales generalizables, algo que en germen han institucionalizado todas las culturas en el trato regalado con el extraño. ¿Qué intento sugerir al realzar dos epistemes y narcotizar otras del concepto cultura? Proponer un corpus dinámico estimulante que, evitando que la concreción particular de cultura pueda generar estrechos nacionalismos, permita dar instrucciones para ver el problema de la construcción de Europa con visión de conjunto, señalando el vector apropiado, el movimiento y la dinámica interna pertinentes y relativos a la situación actual. Una redefinición del concepto cultura política puede, quizás, arrojar algo de luz y dirección si penetra con brío en la agenda política de Bruselas.

Para comenzar hay que tener en cuenta que tanto el concepto de identidad como el de cultura, sus criterios formas y contenidos hay que re-creearlos y energitizarlos políticamente y que los paradigmas que han sido válidos y eficaces hasta el presente no necesariamente lo serán en le futuro debido a su constitución inherentemente contingente e intrínsecamente mudable. La identidad está llamada a revestirse de carácter eminentemente político, con base y énfasis políticos, a ser definida por valores políticos compartidos, pero por política europea situacional y cambiante, relegando intereses y culturas locales a segundo plano. Los contenidos y substancias, dirección y telox de los procesos políticos europeos tienen que desherderizar el perfil esencialista de la Kulturnation y de la Staatskultur de forma que cultura comporte una actitud de conformidad institucional general con el proyecto político-discursivo europeo en sus líneas fundantes; en otras palabras, se trata de reactivar el concepto “cultura” desde y en energía adaptadora, pero a la política básica de la Comunidad. ¿Cómo?
Obviamente la respuesta pertenece formalmente a los políticos que, en realidad, iniciaron ya el proceso con le establecimiento dela administración de Bruselas, por la razón modernizadora de réseax a todos los niveles y por el impulso de múltiples movimientos solidarios, pero los instrumentos más eficaces los proveerán la sistematización de políticas legales, la interdependencia política de estados y el recurso a jurisprudencia común. No menos importante en la elaboración de esa identidad cultural política serán los procesos económicos y subvenciones comunitarias, los riesgos, peligros, complicaciones e incertidumbres compartidos y las empresas humanitarias, muy especialmente las incentivadas y dirigidas por los principios básicos de una Constitución europea. Proceso lento, muy lento pero que podría originar una ciudadanía constitucional e iniciar una civilidad sensible ala Comunidad y una moral cívica normatizada y en reciprocidad que fomente un cierto espíritu común. Se trata, en realidad, de un proceso de producción de sentido, de negociar innovadoramente, de buscar compromisos en adaptación mutua, de respetar ciertos rasgos culturales diferentes, de cohonestar ideas y valores reformulados, de continuar, en otras palabras, con el proceso milenario de la transformación de la identidad y de la cultura. Se trata, en segundo lugar, de un experimento en creatividad transcendiendo particularismos, de crear una ciudadanía dinámica con la lógica de la razón y de la pasión, de dar perfil comunitario las diferencias culturales, de coexistir en fusión y fisión, en superposición y complementariedad simultáneas, de formular una matriz cultural política no algorítmica o fija que nos haga sentirnos confortables en las diversas mansiones de la casa europea. Se trata, en tercer lugar, de crear un espacio político-humanitario imparcial, más allá de las actuales fronteras, de modo que a través de negociación permanente y redefinición de vocabulario se puedan incorporar nuevos estados del área geográfica.

Pero hay algo más: la política como cultura y la cultura como política implican una incesante experimentación de nuevas ideas, imaginando principios fundamentales de valores generalizables provenientes del conocimiento y aprecio de diferentes culturas, considerando su dinamicidad interna como diversos paradigmas con y desde los que elegir. El Hombre es más, mucho más que economía y política, más que nación, estado y Europa; el Hombre tiene que elegir, tiene que estar siempre eligiendo el modo de vida que quiere vivir, decidir qué forma de vida vale la pena ser vivida, lo que equivale a preguntarse por su trascendencia, esto es, por su sentido y significado final y cómo lograr este modus vivendi que dé consistencia, realidad y norte a la vida en común en la Europa del futuro. Ésta, por último y en última aporía, ha de transcender sus fronteras y englobar a nivel moral al Otro, a todo Otro, comenzando por afirmar lo que tenemos en común, en un ámbito de solidaridad y justicia globales, incluyendo en este dossier la belleza en cualquiera de sus manifestaciones, la naturaleza y el cosmos. No veo la constitución de Europa sin la adopción de valores universalizables, sin normas internacionales y sin discursos globales transcendentes. Estoy poetizando, desde luego, y bosquejando el milagro de Europa, esto es, una narrativa metacultural, metaidentitaria y metaeuropea, pero esta transformación político-cultural-identitaria no es solo una utopía, es algo que en grado menor ha estado sucediendo lentamente, pero siempre.

C. L.

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