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Fundación Lisón-Donald
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Epílogo. MÉTODO. VERDAD. ETHOS POPULAR. P. (191,192,193)

Las condiciones biológicas y las realidades sociales de la humana condición han cristalizado en las experiencias más primarias, en el cuerpo que nace, enferma, sufre y muere y en la desorientación de la mente, sucesos de incertidumbre y preocupación ya desde el principio de la vida. Nacemos llorando. El sentido de vulnerabilidad que experimenta el hombre frente a la otredad del mundo inmisericorde es un sentimiento radical; la angustia extrema e inquietante, el enfrentamiento al azar, la enfermedad y el sufrimiento, el miedo a la muerte y su vacío inconmensurable nos hacen reflexionar sobre el enigma del ser. Pero esta experiencia fundamental antropológica ante el abismo lleva también a la acción. En todas las culturas conocidas, el Hombre se ha esforzado en abrirse camino y convertir esa plural y omnipresente amenaza en algo inteligible y manejable. El Hombre ayer y hoy, en todas partes quiere saber. La energía de la reiteración al azar y la ubicuidad del Mal, inherente tanto a la humana naturaleza como a su incardinación social fuerzan a la mente a intervenir intuitiva, empírica y emotivamente aportando toda una gama de soluciones y remedios; la sabia, la curandeira, el componedor, la carteira, la evanxeliadora, la bruja, la meiga, el cura, el santo y la santina con sus palabras, oraciones, medallas, estampas, gestos, bendiciones, rosarios, cruces, amuletos y ceremonias, ungüentos y recetas componen parte del teclado, con resonancias semánticas y ecos simbólicos, que hacen vibrar la imaginación y el sentimiento. El vocabulario, en el que prima toda una letanía de demonios, la ecología con sus fuentes, árboles, hierbas y plantas medicinales y los lugares paratópicos contribuyen como relevantes elementos del pertinente ritual.

Pero lo que quiero hacer notar es la formulación anticategorial gallega, no discriminan con nuestra nitidez entre curandeira y médico – o lo hacen de otra manera menos precisa-, entre bruja y cura, entre medicinas y santiña -la del Corpiño- porque recurren a todos a la vez y porque en su esquema curativo el médico es prolongación del compoñedor e incluso piensan que algunos de estos son mejores que aquél; la bruja hace de cura (en fórmulas, modos , oraciones, agua bendita, rosarios, altar, uso de estola, estampas y santos) y éste concurre con aquella en le diagnóstico de los endemoniados ; la sabia es una santa y el cura un adivino, etc.; de todo el conjunto echan mano cuando la ocasión lo recomienda. Cierto que ven diferencias, pero no estructurales rígidamente binarias y opuestas, saben qué y quién es el cura, el psiquiatra, la bruja, el médico y la santa romería, pero los ven como potencialidades ambiguas y flexibles por las que pueden desplazarse con soltura en sus acciones e ideas. Cura, bruja. Santa, médico, evanxeliadora, psiquiatra y carteira son puntos de atracción comunes y paradas intercambiables en cualquier gran romería salutífera.

Le dur desir de durer los equipara en cuanto variaciones de un tema, objetivándolos como posibles vehículos de salud, como mediadores, nunca como absolutos irreconciliables, pero sí como unión de fuerzas para generar bienestar, reposo mental y salud.

Las confrontaciones primordiales, la enfermedad y la difícil y necesaria convivencia generan en la ruralia tradicional no tanto aporías intratables cuanto, paradójicamente, mediaciones, arbitrajes y negociación de opuestos, un ethos, otra filosofía. Los ámbitos en el genio cultural privilegian la convivencia de opuestos -lo he ido mostrando n mis monografías – no se circunscribe a lo expuesto; voy a indicar brevemente otros que corroboran la inquietud y le malestar por las clasificaciones puras y la preferencia por la conjunción adversativa-que con frecuencia he señalado- hilando avenencias. Son ellos los que verbalizan, lo hacen y para mayor corroboración lo ritualizan nada menos que en momentos liminares supremos. Recordemos el planto fúnebre provocante a risa e ironizando en escenas reales y apotegmas y narrado en historietas y cuentos en los que lo erótico entra en avalancha para convertir la trágica situación en momento menos intolerable. Otro dúplex informativo es el que transmite el velorio al enviar simultáneamente dos mensajes en distinto sentido: la seriedad del momento impuesta por lo aterrador de la faz presente de la muerte propicia alegría, juego, deshago, placer y erotismo. ¿Qué más sorprendente conjunción que el lugareño y tradicional entierro que termina reproduciendo un banquete de boda que en ocasiones termina con café, copa y puro? Contrastes vibrantes, etiquetados impuros en los que florecen otras flores, fundamento de la ambivalencia; hontanar éste de solidaridades alternativas sorprendentes, rico en ecos que parecen captar la huidiza esencia de los principios contrarios: su fondo y base común.

Ambigüedad cultural y conjunción pragmática que se vuelven a escenificar y objetivar en numerosas romerías en las que el piadoso sacrificio expiatorio y la oración suplicatoria por la salud armonizan con el alcohol y el baile, y el santo se aviene con le pecadillo de la xesteira, el espíritu pacta con le cuerpo en equilibrio, deliciosamente humano, de extremos. No hay una única codificación religiosa intolerante e intransigente, la autoridad y el dogma son flexibles el uno en el otro, el sagrado en profano y éste en aquél, con le simple hecho de dar unos pasos en nocturnidad; lo trascendental no se puede separar de la humana condición. No hay una única comunidad de discurso ni una única norma, estándar o ley especialmente cuando viene del ajeno exterior; la puntual consideración y situación del caso exigen adaptación, respetar el estilo local en sus detalles concretos, enfrentarse, resistir, y en todo caso, recurrir al cacique, mediador tradicional que suaviza la polaridad dentro/fuera. Tampoco hay una única actitud o visión moral, no la sufre el ethos cultural que sugiere otros retículos o alternativas, lo he insinuado varias veces al glosar cuentos (por ejemplo “el santo del palo” y apotegmas (“Dios es bueno, pero el demonio no es malo”) que implican duda e incertidumbre moral, que nada es definitivo, que hay que dar vueltas las cosas y que los argumentos en pro o en contra nunca son del todo determinantes ni concluyentes. Es en estos casos, es decir, en la ambigüedad e incertidumbre, en la tensión entre el sí y le no simultáneos, en la preposición “entre” o “en medio de” o en la repetición de la conjunción copulativa negativa “ni, ni” y positiva “y, y” o en los conceptos antilógicos en los que brota como en propio hontanar y a borbotones la ironía, la burla fina y la figura retórica aguda. En “Dios es bueno, pero el demonio no es malo” la adversativa pero que en principio y cristianamente se debería contraponer rígidamente, en oposición absoluta, al segundo miembro de la frase -demonio- como dos principios irreconciliables olvida su función contrastante y se convierte en sorprendente mediadora: Dios es bueno ciertamente, pero el demonio no tiene forzosamente que ser malo; le conjunto de sus manifestaciones y la sarta de demonios mayores y menores como los simpáticos el diaño, el tardo, el trasgo y el trasmo, etc., con su cualidades negativas y positivas prueban l dificultad en asignar al demo una única, rígida y moral categoría. Hasta en el mal podemos encontrar algo de bien; el pensamiento local lo deconstruye.

C.L.

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